Al igual que aquella farola, me siento recluida en un bosque poblado por extraños árboles que me observan con cierto recelo desde la distancia. El cálido núcleo de mi bombilla no deja de regalarles pequeños destellos de luz en un mundo doblegado por la oscuridad, pero los muy ingratos se atreven incluso a arrojarme piedras con la esperanza de destruirme. Y luego presumen de respetar las diferencias individuales... ¡Hipócritas!